La pesca de la lubina

Pesca llena de trucos

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La lubina es una especie de alta cotización en los mercados. Su gran valor, económico y gastronómico, ha forjado entre los pescadores de Ribadesella un arte de pesca propio que se va trasmitiendo de generación en generación entre los marineros locales. Observarlos en su salsa, picada tras picada – siempre de forma prudencial y respetuosa […]

La lubina es una especie de alta cotización en los mercados. Su gran valor, económico y gastronómico, ha forjado entre los pescadores de Ribadesella un arte de pesca propio que se va trasmitiendo de generación en generación entre los marineros locales. Observarlos en su salsa, picada tras picada – siempre de forma prudencial y respetuosa con su labor -, es una experiencia muy gratificante.

El máximo de capturas de la especie coincide con los meses más fríos del año. Durante ese tiempo, si uno camina de noche por el paseo de La Grúa se encontrará con un grupo de lubineros de élite, silenciosos, adaptados a la calma de la ría, con los ojos clavados en las pistas plateadas que se descubren en el agua. Cuando hay condiciones propicias, son muchos los que amanecen al pie de la caña mientras llenan su cesta. Pertrechados con sombreros de cuero, con dispares vestimentas de abrigo y curtidos por el frío de las madrugadas del río, los lubineros interpretan la luna, las últimas lluvias, la fuerza fluvial, el grado de transparencia del agua y, solamente entonces, deciden echar las cañas. Como cebo un puñado de angula, pues la voraz lubina entra en la ría en busca de esta sabrosa especie.

Durante el mes de abril, con el tiempo menos extremo, y sobre todo si el río va turbio por efecto de las lluvias, la lubina entra en el Sella en busca de trucha fresca. Por eso el cebo que se utiliza es éste: pequeñas truchas vivas o, en su defecto, un pez articulado y artificial.

Los pescadores acuden a los lugares de siempre. Son enclaves privilegiados y siempre asociados a sus personajes más fieles, como Celestino Gutiérrez, «Tinín», o Enrique Alonso, «Quique». A pescadores de esta talla les bastaba un primer contacto con el río para saber qué se podía esperar de él. Los más viejos del lugar recuerdan aquellas noches con cincuenta kilos de pesca a sus espaldas. Tampoco olvidan las vetustas cañas de bambú, los lugares del paseo donde las escondían, la picaresca para engañar a los novatos, los antiguos sedales gruesos y cortos que había que atar una y otra vez para conseguir un hilo largo y resistente.

Lejos quedan, sin embargo, los tiempos de esplendor de la cofradía, cuando abundaban las industrias artesanas de pescado y se usaban los despieces para «macizar» y enriquecer las aguas. La técnica asociada a la caña se ha ido agudizando para superar la creciente escasez en la desembocadura. Pero, en todo caso, siguen siendo imprescindibles los contenidos de la tradición oral. Los que la han escuchado y practicado están más preparados y sorprenden a los aficionados, poco afortunados, que comienzan a creer en supersticiones. No pueden creer que ellos no reciban picada mientras que, a su lado, alguien saque del río piezas de varios kilos.

La pesca de la lubina está llena de trucos que no se suelen divulgar, pemanecen en el círculo de los asiduos. Es conocido que los pescadores frecuentaban con sus boyas las orillas porque allí la luz de farolas atraía a los peces. Ahora, la presencia por todas partes de luz artificial hace que ésta se convierta en un referente menos, y entonces se juega a lanzar boyas a distintas distancias, allí donde se cree que hacen entrada. Los veteranos intuyen el recorrido, pero se lo callan y juegan a engañar a los que estudian sus maniobras.

La cultura popular del muelle riosellano se crea a base de picadas. Otra forma de picar el anzuelo es hacer un paréntesis en nuestro paseo y quedarse a mirar como pescan o no pescan. Depende.

Texto: © Ramón Molleda para desdeasturias.com